Fuente: http://brecha.com.uy/revolucion-informacional-cuatro-c-requeridas-la-fuerza-trabajo/
Imagen: https://es.wikipedia.org/wiki/Fuerza_G
Hay cuatro palabras que comienzan
con “c” que han cobrado una importancia sustantiva cuando se discute lo que
debe tener o incorporar un trabajador en general, aunque esto sea más evidente
en algunas áreas que en otras: conocimiento, comunicación, creatividad y
cooperación.
Existe una tendencia, recurrente
en Uruguay, a desconectar el análisis de problemáticas socioeconómicas
concretas de las dinámicas económicas generales del capitalismo y sus
mecanismos locales de reproducción. De allí que numerosas transformaciones en
curso que generan problemas que nos afectan cotidianamente quedan oscurecidas,
reducidas, contenidas en sus posibilidades explicativas. Y las relaciones de
poder –el poder es siempre una red de relaciones– son invisibilizadas por
rótulos impuestos por políticos, economistas, académicos, en fin, por quienes
tienen alguna “autoridad social” para hacerlo, como ocurre en cualquier
sociedad.
Tal es el caso de expresiones
como “sociedad del conocimiento” y “economía del conocimiento”. La llamada
“economía colaborativa”, una formulación más reciente y reducida de lo anterior
que da cuenta de esa telaraña de “aplicaciones” que se expanden cotidianamente,
va en la misma lógica. Planteado en esos términos, es difícil captar intereses
en juego, o lo que puede ser mera adaptación política a éstos, ganadores y
perdedores (nuevos y de siempre), contradicciones que se generan, posibilidades
sociales que se abren y se cierran. Todo parece producto de una evolución
“natural” que simplemente arrastra todo en función de avances tecnológicos.
De fondo, un elemento central a
considerar en tales transformaciones es el papel relevante del conocimiento en
la acumulación de capital, y las contradicciones que emergen. Nombres como
capitalismo cognitivo o, el que prefiero, revolución informacional, por
habilitar inmediatamente una comparación equiparable con la revolución
industrial en el siglo XIX, permiten generar otra articulación de ideas,
visualizar contradicciones.
El concepto procura marcar no
sólo una revolución tecnológica de vasto alcance (que implica a la
biotecnología y la nanotecnología, por ejemplo, y a la informática cruzando
todo), sino también en la organización social en su conjunto, y que por tanto
se encuentra interrelacionada con una intensa reorganización de la acumulación
de capital a escala global, de las instituciones estatales y del tejido social.
Una gran novedad es su profundo carácter transversal. Lo viejo puede
articularse con lo nuevo pero nada queda fuera. Es decir, que la revolución
informacional también supone cambios organizacionales en la estructuración del
capital y del trabajo.
Y es un extraordinario mito
pensar que este proceso lleve a anular la polarización entre regiones centrales
de acumulación y regiones periféricas, como lo es América Latina. Lo que no
deben verse son posiciones fijas, sino cambiantes, ya que esa es la esencia de
la economía-mundo capitalista. Numerosas evidencias dan cuenta de un proceso de
expansión de esa polarización, y nada indica que nuestra región pueda tener un
papel más relevante en la acumulación global como mera proveedora de materias
primas. Algo que sabemos con certeza hace muchos años (al menos desde las
década del 50 y el 60 con Raúl Prebisch y Celso Furtado, por citar dos nombres
clave de la economía argentina y de Brasil, respectivamente, y que no eran
precisamente radicales del pensamiento crítico).
El punto es, entonces, que las
transformaciones en curso no eliminan sino que profundizan esa polarización
expandiendo una nueva forma de extracción de excedentes en relación con las
anteriores (de tipo mercantil, agrario e industrial, financiero), que es
informacional, inmaterial, de conocimiento incorporado y también de saberes
sociales alternativos (piénsese por ejemplo en la agronomía y lo que significa
la agroecología). ¿Forma esto parte de la imaginación crítica, o más bien no
tenemos desarrollados en países periféricos como el nuestro instrumentos
cuantitativos y cualitativos sensibles para medir tal transferencia tangible e
intangible a las regiones centrales?
Como el tema de los saberes y
requerimientos del capital en el nuevo contexto es muy amplio, aquí simplemente
propongo invitar a una discusión más específica, que se puede resumir en la
siguiente pregunta: ¿cuáles son algunos requerimientos actuales de “producción”
social de la fuerza de trabajo, y qué se deriva de allí en cuanto al debate
educativo? Está claro que éste, lejos de ser motivo de discusión exclusivamente
en Uruguay, lo es a nivel global.
LAS CUATRO C. Jugando un
poco, se puede decir que hay cuatro palabras que comienzan con “c” que han
cobrado una importancia sustantiva cuando se discute lo que debe tener o
incorporar un trabajador en general, aunque esto sea más evidente en algunas
áreas que en otras: conocimiento, comunicación, creatividad y cooperación, sin
establecer un orden jerárquico.
En tanto la acumulación se ha
vuelto más intensiva en conocimiento y nadie está seguro del rumbo y el ritmo
de los cambios en su área de actividad, no es un descubrimiento pensar en la
exigencia cada vez mayor que tiene el capital sobre la educación. Ya no se
trata solamente de los saberes incorporados en el capital fijo, ya sea en
términos materiales como inmateriales (esto es, innovación permanente, software,
patentes, etcétera), y de convertir a las universidades en meros instrumentos
del capital (“fábricas del conocimiento”). Si el proceso de producción –en un
sentido amplio– queda cada vez más subordinado a la investigación y su
aplicación inmediata, la presión es inmensa en la mercantilización del
conocimiento.
Esto conduce a una segunda “c”:
la comunicación. El punto va mucho más allá del marketing y el plano
simbólico. Si en función de la deslocalización, la producción se organiza en
redes, los requerimientos de coordinación y conexión a varios niveles se
expanden. Y la comunicación debe crear confianza para que el sistema funcione.
Además, las habilidades comunicativas para presentar una idea o promover un
cambio son clave (esto naturalmente depende también de otras formas de poder).
Se podría llamar una “competencia enunciativa”, lo cual resulta evidente cuando
se tiene que exponer en público una idea. La experiencia social de haber
actuado antes en colectivos es clave. En suma, manejo aquí la idea de
comunicación en este sentido amplio, múltiple, pero también sometida a una
contradicción: el capital se apropia de saberes y experiencias colectivas que
se desarrollan muchas veces en la lucha contra el propio capital.
Una tercera “c” es la
creatividad. No es casual la imponente bibliografía que se generó sobre el tema
desde distintas disciplinas, no sólo desde la psicología. Y es que por lo ya
dicho respecto al conocimiento, la valoración de lo nuevo, la necesidad de
encontrar soluciones alternativas, la identificación de un camino no
visualizado antes para resolver algo coloca a la creatividad como central,
tanto a nivel tecnocientífico como social. Un punto interesante es que la
expansión de la creatividad requerida también lleva al cuestionamiento de la
autoridad y el poder, así que el lema del capitalismo actual sería algo así
como “sea creativo pero no demasiado”, o “sea creativo en la dirección que yo
le digo”. El problema es que una sociedad obsesionada con lo práctico y lo instrumental
está bastante reñida con la generación de la construcción de disposiciones
sociales a ser creativo.
Finalmente, la cuarta “c”, la
cooperación, no es tampoco un elemento estrictamente nuevo y va mucho más allá
de saber trabajar en equipo. Marx, en El capital, ya le otorga a la
cooperación entre asalariados un papel importante en la producción de
mercancías y el desarrollo de las fuerzas productivas. De hecho, convierte a la
cooperación entre asalariados en “condición” de producción. Nuevamente: se trata
una cooperación vigilada. La revolución informacional requiere aun más
cooperación porque la combinación de actividades sociales necesarias es
obviamente más compleja, más global e implica mayor colaboración a distancia.
Así es que por un lado el capitalismo genera individualismo, exigencia de ser
gestor de uno mismo, socialmente se impone el ritmo de la competencia
exacerbada y la necesidad de ser “competitivo”, pero al mismo tiempo, por otro
lado, se requiere una mayor cooperación laboral que antes. Una vez más, surge
una contradicción en el propio capitalismo, en este caso tratando de
direccionar el significado de la cooperación.
Concluyendo el recorrido, la idea
general es que cuando el capital compra hoy fuerza de trabajo, compra cada vez
más “cerebro” pero también subjetividad colectiva, disposiciones a actuar de
una forma. Y la gran contradicción o la gran miopía puede ser formulada de esta
manera: en tanto sociedades que requieren revolucionarse productivamente en
forma permanente, que se promueven como “abiertas” al mundo, nada más
contradictorio que requerir de los sistemas educativos un trabajador con
conocimiento puramente práctico e instrumental, alejado de disciplinas que
promueven la capacidad de aprender, de reflexión crítica y de comunicación, sin
capacidad de trabajo en equipo y de cooperación, sin que puedan desarrollarse
verdaderamente subjetividades colectivas creativas. Y nada más necesario, si se
habla realmente de un proyecto alternativo, que el actual y futuro trabajador
entienda dónde está parado y cuáles son sus potencialidades.
* Doctor en
sociología. Docente e investigador de la Universidad de la República.

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