"El
sistema capitalista, con su dogma de acumulación de beneficio, considera los
alimentos como una mercancía más, destinada a enriquecer a los poderes
económicos. Las tecnologías derivadas del petróleo se ponen al servicio de la
intensificación de la producción agraria y ganadera y la investigación se
olvida de medir impactos sociales o ambientales, solo se busca mejorar
rendimientos."
Los seres
humanos somos omnívoros y hoy podemos construir nuestra dieta basándonos en
diversos criterios. Uno de los más importantes es la cultura en la que vivamos
y los hábitos alimentarios que tenga asociados, normalmente muy relacionados
con la disponibilidad de productos; es decir, con las condiciones físicas del
lugar, aunque con el libre comercio y el desarrollo del transporte, este
aspecto pierde importancia, especialmente en países enriquecidos. Otro criterio
es la salud y los distintos enfoques que queramos darle, más convencionales o
más alternativos y adaptados o no a las condiciones de cada cuerpo. Los
criterios éticos son fundamentales para muchas personas vegetarianas o veganas.
Y así, encontramos cientos de posibilidades para decidir qué comer. Sin
embargo, el condicionante económico define finalmente el consumo generalizado.
El sistema capitalista, con su
dogma de acumulación de beneficio, considera los alimentos como una mercancía
más, destinada a enriquecer a los poderes económicos. Las tecnologías derivadas
del petróleo se ponen al servicio de la intensificación de la producción
agraria y ganadera y la investigación se olvida de medir impactos sociales o
ambientales, solo se busca mejorar rendimientos. Se pone en marcha todo un
engranaje para abaratar la producción que va arrasando con los sistemas
tradicionales de manejo. Una de las imágenes más representativas de este
engranaje son las enormes granjas de producción intensiva, que han hecho que aumente
la cantidad de carne en el mercado,
mientras la cifra de ganaderas y ganaderos no deja de bajar. El resultado es
mucha carne disponible a precios bajos, lo que ha permitido que su consumo pueda
dispararse para seguir impulsando la maquinaria.
Solo retrocediendo una o dos
generaciones, nos encontramos con sociedades que, bien alimentadas, consumían carne una o dos
veces por semana, o como complemento o condimento del menú habitual, no como
plato principal. El reflejo de estos hábitos era un medio rural vivo, con un
sector agrícola y ganadero que representaba el 25 % de la población activa, una
amplia diversidad de trabajos que mantenían a cientos de familias, que pudieron
pagar los estudios universitarios de quienes hoy nos cuentan sus esfuerzos por
mantener las granjas, a pesar de haberse endeudado, a pesar de haber ampliado
la cabaña y la gama de productos que ofrecían sus predecesores.
Carne en todas las neveras, en
todas las mesas; y campos vacíos. Esta es la realidad. En este número centramos
la sección «Amasando la Realidad» en cómo los recientes cambios de tendencia en
el consumo de carne han modificado
radicalmente el paisaje y las sociedades rurales; desvelamos los engranajes de
la ganadería industrial y presentamos a quienes más se benefician de ella. Y
como contrapunto fundamental, transmitimos las voces y el día a día de quienes
resisten manteniendo modelos de producción tradicionales respetuosos con los
animales y con el entorno, en prácticas de ganadería extensiva que se explican
con detalle.
Para completar el número, nos
hemos querido fijar en distintas formas de diversidad y en cómo se viven desde
el medio rural: por un lado, la diversidad funcional y, por otro, la diversidad
sexual. Dos textos que, sin pretenderlo, hablan desde la realidad de los
pueblos y aldeas gallegos. También desde Galicia analizamos los proyectos de
parques eólicos y la manera en la que su expansión ha afectado al medio rural.
Y Cesca, joven agricultora, nos cuenta desde su proyecto de resistencia
agroecológico en el interior de Castellón, su proceso de empoderamiento para no
quedarse donde lo hizo su madre.
El consumo de carne debe dar un
giro de 180º urgentemente. Esperamos que estos textos aporten argumentos al
debate de la carne para reducir drásticamente su consumo y cambiar su
procedencia. Para avanzar en esta dirección, proponemos incorporar obligatoriamente
los criterios políticos a la hora de construir nuestra dieta. Por un mundo
rural vivo, por la soberanía alimentaria.
"El sistema
capitalista, con su dogma de acumulación de beneficio, considera los alimentos como
una mercancía más, destinada a enriquecer a los poderes económicos".

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