La lucha de la mujer en el siglo
XXI
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Esta camiseta de Dior con una
frase de la escritora Chimamanda Ngozi se ha convertido en un símbolo. / EDWARD
BERTHELOT (GETTY)
VIERNES
21 DE ABRIL DE 2017
QUÉ SIGNIFICA ser mujer y
feminista en el siglo XXI? Somos muchas mujeres las que nos lo preguntamos sin
hallar una respuesta única. Esto no es necesariamente algo negativo, sino el
reflejo de la experiencia individual de cada una, así como de la riqueza
conceptual y práctica del feminismo como tradición moderna de pensamiento y
activismo que cumple casi dos siglos y medio de historia. De su tronco han ido
brotando numerosas ramas a lo largo del tiempo, reflejo, a su vez, del
creciente número de mujeres (y hombres) que en diversas partes del mundo luchan
por la igualdad entre los sexos y debaten sobre cómo debe ser una sociedad
igualitaria. La desigualdad de género se manifiesta de muchas maneras: desde la
brecha salarial en nuestro país hasta la ausencia de iguales derechos para las
mujeres en algunas sociedades de tradición islámica, pasando por el sexismo en
el lenguaje en muchos idiomas europeos o el reparto asimétrico de las (pesadas)
tareas domésticas en todo el planeta.
Entre los retos, especialmente en
el mundo desarrollado, está, por un lado, no dormirse en los laureles y pensar
que ya hemos alcanzado sociedades prácticamente igualitarias, y por otro, no
caer en actitudes dogmáticas que, por excesivamente victimistas o excluyentes,
generan rechazo entre muchas mujeres que terminan por no identificarse con la
causa feminista. A pesar de la existencia de indicadores objetivos de
desigualdad de género, existe la percepción de que son cada vez menos las
mujeres jóvenes que se autodefinen como feministas. Para muchas de ellas, el feminismo se
ha vuelto sinónimo de rechazo al hombre, la maternidad, la belleza femenina y
otros valores tradicionalmente de la mujer a los que no necesariamente quieren
renunciar. Ante esta noción de este movimiento como ruptura radical con los
hombres (re)surgen corrientes más conservadoras, naturistas o new age que
abogan por la complementariedad de los sexos y emplazan a las mujeres a asumir
incondicionalmente su papel biológico de gestadoras y cuidadoras. Reivindican
un lugar y una visibilidad equivalente para las actividades reproductivas y
productivas, por ejemplo, espacios urbanos y laborales más amables con la
crianza. Sin embargo, incurren con frecuencia en el mismo dogmatismo que se
achaca al feminismo radical.
En lugar de imaginar a las mujeres como una suerte de hermandad que debe regirse por los mismos principios –la autosuficiencia absoluta o nuestra capacidad reproductiva–, algunas feministas ven a un colectivo de personas con vidas y aspiraciones diversas, que incluye también a hombres, unidos en una lucha común por la igualdad de condiciones y oportunidades de mujeres y hombres. Entre ellas, la de, como mujeres, elegir libremente nuestro modo de vida sin miedo a ser juzgadas socialmente, sea como madres, trabajadoras, solteras o las tres cosas a la vez. O, como hombres, la de asumir papeles y tareas tradicionalmente femeninos sin ser estigmatizados por la sociedad. No se puede redefinir el papel de la mujer sin redefinir el del hombre.
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LA MINORÍA MÁS GRANDE DE
LA HUMANIDAD SABE EN EL FONDO TODO LO QUE SE JUEGA Y NO VA A CEJAR EN SU
LUCHA
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Es quizá en los países en
desarrollo donde resulta más evidente que la batalla por la igualdad de género
se solapa con las luchas por la igualdad social. Muchas veces son mujeres
procedentes de comunidades étnicas marginales las que toman la delantera en las
luchas campesinas por defender la tierra, por ejemplo. Al fin y al cabo, ellas
sufren una doble o hasta triple violencia en su condición de mujeres, pobres,
no blancas o étnicamente minoritarias. Suelen ser las más explotadas entre los
explotados.
De la energía, determinación y visión de estas mujeres hay mucho que aprender en el mundo occidental en un momento en el que, además del riesgo de dormirse en los laureles o atrincherarse en el dogmatismo, el movimiento feminista se enfrenta a la cooptación por parte del mercado y los medios. No es el primero ni será el último movimiento contestatario que acabe nutriendo de eslóganes a las grandes corporaciones. Puede que las campañas de la marca Dove a favor de la “belleza real” femenina hayan tenido un efecto positivo sobre la autoestima de muchas mujeres. Pero no debemos olvidar que el objetivo último de las marcas no es este, sino vendernos más productos. También conviene distinguir entre un interés genuino de los medios por la causa feminista, el cual, por supuesto, hay que fomentar; y una moda pasajera que puede llegar a banalizar una lucha que lo es todo menos banal.
En un entorno político global
crecientemente reaccionario, las mujeres tienen mucho que perder. Por ello, y a
pesar de los retos señalados, las extraordinarias movilizaciones que se
produjeron el pasado 8 de marzo en todo el mundo en defensa de las
mujeres y contra la violencia machista son síntoma de que la minoría más grande
de la humanidad sabe en el fondo lo que se juega y no va a cejar en su lucha.

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