El politólogo italiano fue uno de
los pensadores contemporáneos más relevantes en el estudio de los sistemas
políticos y de partidos y un crítico tardío del multiculturalismo
Giovanni Sartori, en 2003, en Madrid. RAÚL
CANCIO
En una ocasión le preguntaron al
profesor Giovanni Sartori, capaz de desplegar en cada respuesta un abrumador
repertorio de argumentos e ironía que podían sonar a arrogancia intelectual, si
no era demasiado altezzoso (altanero
en italiano). Él respondió. “Ciertos personajes son pigmeos. Es inevitable
mirarles desde arriba”. Sartori, que murió ayer a los 92 años, se refería
principalmente a algunos exponentes de la clase política italiana, de quienes
fue gran azote este pensador lúcido y brillante, autor de decenas de ensayos
que han cambiado el estudio de la ciencia política.
Nacido en Florencia el 13 de mayo
de 1924, ha sido uno de los intelectuales contemporáneos más relevantes en el
análisis de las democracias y los sistemas de partidos políticos. Politólogo y
sociólogo de mirada corrosiva e insobornable, fue capaz de aportar brillo,
humor y, sobre todo, mucha claridad al embrollo legal, social y político de la
sociedad italiana. A menudo con refrescante ironía y cierto sarasmo flotando
sobre la carga científica que le permitían transitar con elegancia por un
pensamiento tradicionalmente áspero.
Sartori
fue profesor emérito en la Universidad de Florencia, y a partir de 1976 empezó
a enseñar en universidades de Estados Unidos: primero en Stanford y luego en la
de Columbia de Nueva York. Se convirtió en uno de los referentes del mundo de
la comunicación con sus teorías sobre la influencia de los medios en la
sociedad. Sus obras, de una incansable mordacidad y siempre combativas con el
poder, han encendido la hoguera mediática y política cada vez que se han
publicado. Sucedió con referencias como ¿Qué es la democracia? (1997), con La sociedad multiétnica: pluralismo, multiculturalismo y extranjeros (2001)
o con el referencial Homo videns: la
sociedad teledirigida (1998). En junio de 2015 publicó su último
libro, La carrera hacia ninguna
parte. Diez lecciones sobre nuestra sociedad en peligro (Taurus).
Difícil de clasificar, incluso
intelectualmente “extravagante”, como se definió él mismo en el discurso de la
entrega de premios de los Príncipe de Asturias, su pensamiento siempre
discurrió fuera de los esquemas o convenciones teóricas del establishment intelectual. Laico y
crítico con la Iglesia, especialmente por su falta de control en la expansión
de la población en los países pobres, fue acercando su mirada y sus tesis al
conflicto generado por los crecientes fenómenos migratorios y el Islam, dos de
sus últimas obsesiones políticas: muy a menudo polémicas por su pretendida
distanciamiento del amable discurso multicultural. “La civilización occidental
y el Islam actual son fundamentalmente incompatibles”, sostuvo en una
entrevista con este periódico en 2001.
Contestario con el poder italiano
de los últimos 20 años —suyos son los términos Porcellum o Matarellum que definen las caóticas
leyes electorales italianas—, recibió ayer de este universo los mayores
elogios. Puede que el Presidente del Consejo de Ministros, Paolo Gentiloni
fuera el más preciso: “Gracias por la ciencia y la inteligencia corrosiva con
la cual este estudioso ilustre ha dado mapa y nombre a la política para que
pudiera reencontrarse a sí misma”.
En ese pequeño universo, una de
sus obsesiones políticas fue el ex primer ministro italiano, Silvio Berlusconi,
a quien dedicó el libro El Sultanato,
una recopilación de sus artículos sobre Il Cavaliere en Il Corriere della Sera. Pero su crítica
se situó siempre a ambos lados del eje ideológico tradicional. Especialmente
contra el también florentino y ex premier,
Matteo Renzi. “Mientras Berlusconi era un tramposo blanco, Renzi es un tramposo
agresivo”, dijo en una de sus últimas entrevistas. ¿Algo que le gustase de él?
“Su falta absoluta de vergüenza”.
Los medios de comunicación, la
información sobre lo público y la confusión generada en el mundo de las
pantallas formaron parte de su cuerpo teórico. Pero la capacidad para aportar
algún orden al ruido mediático, constituyó la parte más valiosa de su
dedicación como sociólogo. Anticipó tanto, que incluso serviría una reflexión
que sobre sí mismo aplicable al imperio de la todología y la tertulia global a la que, a menudo, tiende hoy
cierto periodismo: “Soy un superviviente de otro tiempo, uno de los últimos
dinosaurios que aún creen que lo importante es intentar conseguir que se
entienda un problema, y no sólo aportar nuevos comentarios y análisis”.

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