Este movimiento no es una
revolución, sino el rostro de un monstruo para el que el término fascista se
queda pequeño y desactualizado
MARCOS
REGUERA
Un meme original de la Alt
Right
ALT RIGHT
22 DE FEBRERO DE 2017
En el primer mes de su
presidencia, Donald J. Trump ha confirmado las expectativas más inquietantes
sobre las políticas de regresión social y ataque a las minorías.
Pero, de entre todas las medidas
regresivas, hubo una cuyas implicaciones a corto plazo podrá no ser tan
dramática, aunque en el largo plazo tendrá consecuencias impredecibles. Me
refiero a la decisión presidencial adoptada en la noche del 28 de enero por la
cual Steve Bannon, el consejero presidencial para asuntos estratégicos, se
convertía en miembro nato del Consejo de Seguridad Nacional (órgano que en los
Estados Unidos funciona como consejo de ministros para la gestión de crisis y
de la política exterior y de seguridad nacional).
Este ascenso vino acompañado por
la destitución de Dan Coast, director de la comunidad de inteligencia nacional,
el órgano que agrupa a todas las agencias de inteligencia americanas (entre
ellas la CIA, la DIA, el FBI o el NSA), así como de Joseph Dunford, el jefe del
Estado Mayor Conjunto (el órgano de dirección del ejército y máxima instancia
del Pentágono). En otras palabras, tanto el ejército como los servicios de
inteligencia han perdido a sus miembros natos en el órgano más importante de
toma de decisiones concerniente a la política imperial de Estados Unidos. Es el
mayor golpe para el ejército en toda su historia, y el segundo mayor para la
CIA desde que George W. Bush reformase su carácter independiente. Y si hay algo
que tanto los servicios secretos como el ejército americano han aprendido con
su implicación en la política exterior estadounidense es a eliminar gobiernos
que no eran de su agrado. No habremos de perder de vista los movimientos de
ambas instituciones.
La entrada de Bannon en el
Consejo de Seguridad Nacional le permite conocer los secretos de Estado más
importantes de la política norteamericana así como la posibilidad de influir en
las situaciones críticas de la presidencia en tiempo real, participación que
antes tenía vedada, pues ninguna persona que no pertenezca al Consejo de
Seguridad Nacional o que sea invitada expresamente por el presidente puede
siquiera entrar en la sala de operaciones del ala este de la Casa Blanca.
Si a esto le unimos el hecho de
que la mayoría de las órdenes ejecutivas ultraderechistas nombradas
anteriormente son obra personal del propio Bannon, nos vemos obligados a
aceptar que se están cumpliendo las predicciones más pesimistas sobre la enorme
influencia del consejero de la Alt Right en la política del presidente Trump.
De este modo, el ideario de los supremacistas blancos ha desembarcado en la
Casa Blanca con una fuerza e influencia que no tenían desde que el presidente
Woodrow Wilson despidió a los trabajadores federales afroamericanos al asumir
la presidencia en 1912.
Todas estas cuestiones, sumadas
al auge de la extrema derecha en Europa, que podría alcanzar el poder en países
clave como Francia, o con el triunfo del discurso xenófobo entre amplias capas
de los sectores más desfavorecidos de la población por el impacto de la crisis
económica y los problemas de la globalización, nos urge a considerar la aparición
de una nueva ideología de extrema derecha que podría llegar a jugar un papel
preponderante en un futuro no muy lejano, y que supone una amenaza para la
democracia y el respeto a una sociedad pluralista.
¿Es
la Alt Right fascista? Orígenes y características generales del movimiento
La Alt Right es un movimiento
juvenil que aspira a reformular la extrema derecha desde moldes creados por la
izquierda, tanto desde una perspectiva xenófoba como machista, y está compuesta
por dos facciones: la facción Radix, centrada en el racialismo y la facción
Breitbart, enemiga declarada del feminismo, el islam y del pensamiento
políticamente correcto.
¿Son Donald Trump y la Alt Right
fascistas/neo fascistas? ¿O representan un nuevo fenómeno de extrema derecha
para el cual no tenemos aún términos y referentes? Estas preguntas han sido
recurrentes entre los analistas de actualidad y la población en general. Son
preguntas legítimas y pertinentes, pero que no debieran obsesionarnos. Lo que
subyace a estas preguntas es el miedo fundado a que la barbarie que vivimos en
los años treinta y cuarenta del siglo XX pueda repetirse. A este respecto, la
frase atribuida a Mark Twain sobre la historia quizá pueda ofrecer algo de
perspectiva: “La historia no se repite, pero rima”.
Habrá cuestiones que nos parezcan
recurrentes en ambos casos, y esas recurrencias nos tienen que poner en alerta
sobre los peligros implícitos que pueden sobrevenir. Pero al igual que los
fascismos en su momento excedían una comparación con los reaccionarios europeos
del siglo XIX (por las novedades que planteaban, terribles novedades
históricas), la Alt Right y Trump deben juzgarse en base a la especificidad
histórica en que han aparecido, con todas sus consecuencias. Esto quiere decir
que nunca podrán ser lo mismo que el fascismo, lo que no impide considerarlos
como una amenaza para toda sociedad que aspire a un régimen de libertad plural.
Por otra parte es necesario
aclarar que aunque Trump y la Alt Right hayan desarrollado una relación de
simbiosis política, eso no significa que Trump sea un político de la Alt Right.
El extremo individualismo egótico del presidente dificulta encasillarle
claramente en una ideología formada, aunque de entre todas las tradiciones
políticas norteamericanas, a la que más se aproxima tanto por sus declaraciones
como generacionalmente es al paleoconservadurismo. Por el momento bastará con
comprender que Trump y la Alt Right no son lo mismo, aunque han conseguido un
alto grado de complementariedad. Trump ha permitido salir a la Alt Right de la
marginalidad, mientras que la Alt Right ha proporcionado a Trump una base
social y el movimiento político del que carecía el multimillonario.
Pero aún subsiste la pregunta
sobre qué es la Alt Right. La prensa estadounidense ha creado un relato sobre
un movimiento político racista blanco protagonizado por una serie de figuras
mediáticas, que pretende iniciar una guerra cultural con las minorías raciales,
el feminismo y las mujeres, así como con la izquierda en general. Sin duda esto
es lo que caracteriza a la Alt Right. Sin embargo como denunciaba Andrew
Anglin, miembro de la Alt Right y uno de los máximos referentes neonazis
americanos desde su página The Daily
Stormer, esta idea es en buena parte una invención de la prensa (más bien
una racionalización). Para crear un relato necesitó convertir un movimiento
social en una historia de nombres propios y caras reconocibles, gente a la que
se le pueda imputar un plan y unas ideas susceptibles de alimentar un relato.
Y en efecto, una revisión de los
orígenes y evolución de la Alt Right confirma la tesis de Anglin, quien
se niega a aceptar que la Alt Right no volverá a ser solo el movimiento de
base de sus orígenes.
Una generación de jóvenes
precarios, muchos de ellos ninis,
comenzaron a encontrarse y a converger a través de internet, compartiendo sus
frustraciones, experiencias y anhelos, sus odios y reivindicaciones. Para
ellos, al contrario que para sus padres y hermanos mayores, el problema no era
tanto Obama, sino una sociedad que no ofrecía salidas, y en la que una élite
cultural y educativa denunciaba desde los medios de comunicación, las escuelas,
institutos y universidades, la situación de vulnerabilidad de mujeres,
minorías raciales y sexuales; pero que no tenía ni una palabra para las
problemáticas de los varones jóvenes blancos.
Estos millennials, en parte ninis,
en parte precarios, invirtieron mucho tiempo y recibieron estímulos en las
redes sociales e internet, y a través de foros como las páginas 4chan, 8chan, /Pol/ o Reddit,
entre otras, formaron una subcultura de intercambio de ideas, debates y humor
virtual. Ninguna de esta páginas era de extrema derecha (ni políticas en ningún
sentido), sino simples foros de internet y páginas donde compartir gifs y memes. De esta manera,
y con un cierto “apoliticismo” de origen, estos jóvenes comenzaron a compartir
sus experiencias y rabia con altas dosis de humor donde predominaba el
machismo, el racismo y la homofobia. El medio principal de protesta era el meme, imágenes encuadradas que suelen
estar acompañadas de un breve texto en donde se ironiza sobre cualquier asunto haciendo
guiños por lo general a la cultura popular.
Los memes ofrecían un formato muy visual, ágil, desenfadado y
ameno de expresar ideas políticamente incorrectas. Algunos comenzaron a hacer
circular estas expresiones machistas y racistas en tono jocoso (por trolleo, buscando la
provocación para divertirse), otros como síntoma de rebeldía ante lo que
detectaban como el discurso institucional políticamente correcto. Y muchos como
una forma menos agresiva de promocionar sus ideales políticos excluyentes. Una
parte de este último grupo acabaría deviniendo en las actuales figuras
mediáticas y líderes de la Alt Right. En lo que todos ellos parecen coincidir
es que en estos inicios la mayoría de sus compañeros de la red no eran
conscientes de estar participando en el nacimiento de una nueva extrema
derecha, sino que todo formaba parte de un ejercicio de provocación y rebeldía,
una actividad ociosa que además cumplía la función de servir de terapia
colectiva virtual.
Con el tiempo la parte más lúdica
y canalla fue reconducida (nunca ha desaparecido) a debates más explícitamente
políticos y sociales. De esta manera fue surgiendo el discurso y la ideología
Alt Right a través de los chats y los foros de internet. El movimiento tenía
sus líderes de opinión y referentes, pero fue bastante horizontal y
participativo en su formación y desarrollo. Cronológicamente coincidió con el
fenómeno de Occupy Wall Street en los Estados Unidos, el 15-M en España, y las
primaveras árabes; y al igual que en estas experiencias la gente se reunía
(virtualmente) para criticar al establishment y
pensar una nueva política. Pero, al contrario que en las plazas, la comunidad
no buscaba verse las caras, sino que todo se desarrolló entre avatares, motes y
nombres falsos. Los líderes actuales tienden a explicar esta búsqueda del
anonimato como la consecuencia de la represión que viven a causa de sus ideas.
Sea cierto o no, esta dinámica no se puede desvincular de un fenómeno muy común
en el mundo de la información y la política digital: la proliferación de la
visceralidad política en las redes. Perfiles de gente que aprovechan el
anonimato que internet ofrece para defender posiciones agresivas, irrespetuosas
o radicales, amparados por la seguridad de su avatar.
Esta lógica de la impunidad ante
la reprobación social ha sido un elemento muy importante en el proceso de
radicalización del movimiento. Relacionarse a través del avatar proporciona el
reconocimiento de los seguidores que puedan surgir y evita el ataque directo
hacia la persona real. De esta manera resultó mucho más sencillo para los
jóvenes de esas páginas exhibir un discurso políticamente incorrecto y comenzar
una escalada de radicalización.
Milo Yiannopoulos (Milo a partir
de ahora) es un youtuber provocador
y una de las máximas referencias de la Alt Right por la facción Breitbart. Milo propuso en un
influyente artículo titulado Guía de
la Alt Right para conservadores del establishment una hipótesis muy
interesante aunque posiblemente exagerada (como todo en él), según la cual el
surgimiento de la Alt Right en la actualidad respondería a los mismos motivos
que la rebelión de los jóvenes de mayo del 68: un movimiento contestatario ante
una sociedad moralista en donde el horizonte de expectativas de la juventud es
insatisfactorio, lo que alienta un levantamiento contra las normas
establecidas.
¿Tiene sentido esta hipótesis de
Milo? En parte creo que abre una perspectiva interesante para reconsiderar la
manera en que hemos construido la cultura social progresista hasta el momento.
En las últimas décadas hemos
visto surgir y afianzarse movimientos en contra de la discriminación, el
racismo, y a favor de los derechos de las mujeres y de la conquista de su
legítimo lugar en la sociedad. Estos movimientos han sido y son fundamentales
en la construcción de una sociedad mejor. Pero junto a las conquistas
necesarias, se ha ido desplegando en algunos casos unas formas y modelos
moralistas e intransigentes, transformando parte de un movimiento muy necesario
en su radicalidad en una cruzada moral. La consecuencia de esto, en una
sociedad que sigue siendo profundamente machista, homófoba y racista (a pesar
de las conquistas), ha sido doble: un levantamiento aprovechado por movimientos
reaccionarios y la pérdida creciente de la simpatía del gran público, aquellas
personas que aprueban el feminismo y el antirracismo por convención y no por
convicción (que siguen siendo mayoritarios).
A pesar de que el feminismo, el
antirracismo o la tolerancia hacia la diferencia no son aún valores
genuinamente hegemónicos en nuestra sociedad, en los medios de comunicación sí
predomina una versión convencional y superficial de los mismos que, unida a una
actitud cada vez más intransigente y menos dialogante de algunos de los
militantes más activos de dichos movimientos, ha generado una oleada de rechazo
creciente hacia estas ideas, formándose así un caldo de cultivo propicio para
una nueva extrema derecha. Y es en este contexto en el que ha surgido una nueva
mentalidad entre muchos jóvenes de una lucha rebelde contra lo que ellos
identifican como el pensamiento de lo políticamente correcto. La convención
cultural que, a su juicio, enmascara el principal problema social, que es la
desaparición de la sociedad blanca y “europea”/americana, su sociedad, la única
que creen capaz de ofrecerles un futuro.
Por lo tanto Milo no se equivoca
del todo cuando señala que el movimiento de la Alt Right es una respuesta
similar a la de los jóvenes de mayo del 68. Unos se rebelaron contra la
conservadora sociedad moralista de posguerra, mientras que los otros se
rebelaron contra la moralización de la lucha por la justicia social. Ambos se
rebelan contra el pensamiento convencional de su momento histórico en nombre de
la libertad: en el 68 produciendo una izquierda alternativa, una versión del
comunismo antiautoritario; en 2016 una derecha alternativa que, en sus propios
términos, dice luchar contra el totalitarismo y la censura de lo políticamente
correcto.
El momento clave en la
transformación de este movimiento llegó en las elecciones presidenciales de
2016, cuando el candidato republicano y futuro presidente Donald Trump vino a
personificar con su discurso irreverente, plagado de racismo, machismo y
crítica al establishment todo
lo que durante años se había ido gestando en los rincones oscuros de internet.
Pero, por una ironía de la historia, no fue Trump quien rescató a la Alt Right
del anonimato para lanzarlos al estrellato, sino Hillary Clinton. En un
discurso de campaña en la ciudad de Reno (Nevada) el 25 de Agosto de 2016,
Clinton sugirió la vinculación de su oponente con los radicales de la Alt Right
a través de su entonces nuevo director de campaña Steve Bannon.
El principal ideólogo y referente
de la Alt Right y líder de la facción Radix, Richard B. Spencer, cuenta que, en
aquel momento, se encontraba en Tokio cuando su correo personal se inundó de
peticiones de entrevistas por parte de la prensa para que explicara qué era la
Alt Right. En aquel momento el movimiento había dejado de ser un simple
conjunto de ciberactivistas y jóvenes irreverentes para convertirse en una
opción política de primer orden.
Algunos en la Alt Right, como
Bannon desde Breitbart News, Anglin desde Daily Stormer, o Spencer desde Radix, llevaban tiempo ejerciendo
un liderazgo simbólico en el movimiento como figuras de referencia y pasaron a
convertirse en líderes del movimiento, tanto a su pesar (Anglin), como por su
insistencia (Spencer y Milo) o sin su conocimiento pero por sus conexiones con
la nueva presidencia de Trump (Bannon). Y con ello llegó el momento mediático:
entrevistas y aparición en programas, con giras universitarias y reuniones de
celebración por el ascenso de Trump. Los miembros de la Alt Right van surgiendo
del anonimato, pero en el movimiento se sigue manteniendo aún la subcultura
virtual que permite coordinar una red de seguidores, aún con bastante
horizontalidad y poco a poco ir convirtiendo un movimiento de protesta en un
movimiento de masas, tarea en la que se encuentran en este momento sus líderes,
en especial Richard Spencer.
Desde el momento en que la Alt
Right se ha convertido en un fenómeno de audiencias muestra una serie de
elementos comunes que unifican a sus miembros.
Si el lector tiene en mente al
típico neonazi anda desencaminado. Uno de los mayores éxitos y características
de la Alt Right es que han conseguido generar una imagen alejada del mundo skinhead y de su violencia que
tanto rechazo causa en la sociedad. En su lugar nos encontramos con
intelectuales trajeados y excéntricos celebrities,
que ofrecen un discurso bien estructurado de ideas provocadoras y agudos
comentarios, todo ello expuesto con grandes dotes comunicativas. En contraste
con el lobotómico mundo de la extrema derecha tradicional, la Alt Right
presenta un alto grado de sofisticación intelectual y capacidad discursiva,
como si en una clase de instituto los estudiantes frikis y empollones desplazasen a los matones como los reyes
del patio. Como el lector imaginará, esto les vuelve mucho más peligrosos, pues
su capacidad de persuasión y combate discursivo es mucho mayor.
Esto a su vez permite a la Alt
Right poder prescindir de la violencia (al menos por el momento), lo que ha
provocado una paradójica respuesta por parte de algunos grupos de la izquierda
norteamericana, que por el contrario tiene problemas al gestionar su propia
violencia. El 20 de enero del 2017 un sujeto embozado asestó un puñetazo a
Richard Spencer mientras contestaba a la CNN en una entrevista en la calle. El
puñetazo se hizo viral, apareció en periódicos de medio mundo y provocó que
incluso figuras de reconocido prestigio, como el filósofo Slavoj Zizek,
entrasen a intentar legitimar el ataque a Spencer. Una semana después, Milo
tuvo que cancelar un acto en la Universidad de California Berkeley y ser
evacuado por la policía cuando una protesta pacífica contra su presencia en el
campus devino en un intento de asalto al edificio por parte de encapuchados
armados con palos y lanzacohetes caseros. Y mientras la izquierda debate sobre
si se puede o no agredir físicamente a la extrema derecha, la Alt Right ha
conseguido instrumentalizar estos sucesos para presentar como verosímil la idea
de unos pacíficos conservadores atacados por unos violentos izquierdistas y sus
cómplices de los medios de comunicación, que mediante su tiranía del
pensamiento políticamente correcto oprimen la libertad de expresión de unos, mientras
justifican la violencia de los otros.
De esta manera la Alt Right ha
conseguido invertir los papeles, haciendo parecer a la izquierda violenta y
totalitaria y a ellos como paladines de la libertad. Con ello van consiguiendo
poner de su parte a los medios conservadores convencionales y empiezan a
levantar simpatías entre conservadores más moderados, o aquellos radicales de
derechas más mayores a los que por un hándicap generacional aún no llegaban. El
propio Trump ha intervenido amenazando por Twitter a la Universidad de
California Berkeley con que, si se repiten estos actos violentos, revisará su
financiación pública.
Con esto vemos otra
característica de la Alt Right, su uso constante de la provocación pública, que
tensa la convivencia mediante su discurso y, cuando aparece la violencia, se
refugia en el victimismo, como si el hecho de extender un discurso del odio no
tuviera consecuencias.
Otro elemento muy presente en la
Alt Right es el uso prolífico de la ironía y el humor. Vimos que este recurso
al humor se encontraba en los mismísimos orígenes de la Alt Right como
movimiento de base y que tenía en el uso del meme su principal arma. De un meme surgió precisamente el que ha acabado erigiéndose como
símbolo de la Alt Right: la rana Pepe (Pepe the frog). Puede resultar un tanto ridículo que una fea y grimosa
caricatura de una rana sea el símbolo de un movimiento de este calibre. Le
resta seriedad y credibilidad. Pero eso no es algo que preocupe a los líderes
de la Alt Right, pues son conscientes de que la puesta en escena de su discurso
es suficiente para dotar de seriedad al movimiento, y con elementos como la rana
Pepe o el uso generalizado de los memes restan dureza a su imagen.
En el fondo es un uso calculado
de la frivolidad y de la frivolización de los elementos discursivos y las
imágenes de la extrema derecha: la rana pepe bebiendo té con un bigote
hitleriano, Hillary Clinton con expresiones faciales divertidas o Trump vestido
como Napoleón o fusionado con la rana Pepe (y compartido a través de su propia
cuenta de Twitter). Todo ello jalonado con frases racistas y machistas, donde
los límites entre la broma y la propaganda se difuminan, generando un juego
perverso e hipócrita por el cual todo es una broma hasta que se demuestre lo
contrario. Pero a la vez, el mensaje llega y cala en la población, y si la
recepción es negativa, entonces se alega que en realidad nada iba en serio.
A todo ello se le suma el uso de
un argot, un lenguaje especial que sirve para generar una identidad grupal
compartida, a la par que se intenta realizar un lavado discursivo de la
retórica de extrema derecha tradicional. He aquí unos pocos ejemplos:
-- Human biodiversity (biodiversidad humana) = Desigualdad racial
(en el sentido de que existen distintas razas, unas superiores, otras
inferiores que no deben mezclarse)
-- Masculinist/Manosphere (Masculinismo) = Defensa de los
derechos de los varones (desde el supuesto de que se encuentran oprimidos por
el feminismo)
-- Libtard (progre-retrasado) = Progre+retrasado, izquierdista
simplón.
-- Cuckservative (cornuservador) = Cuckold es el que observa cómo
otro hombre realiza el coito con su esposa. Político profesional conservador
que defiende el pensamiento políticamente correcto y ataca a la Alt Right.
-- Normie (convencional) = Persona normal conservadora que sigue
los dictados de una sociedad izquierdista por adherirse a lo políticamente
correcto. Potencial seguidor de la Alt Right una vez sea liberado del
pensamiento políticamente correcto.
Estos son sólo algunos ejemplos
del extenso argot que pueblan los chats y los discursos de la Alt Right. Como
se puede inferir a partir de algunos de estos términos, ideológicamente la Alt
Right comparte un fondo común, erigido sobre el machismo y el racismo, en el
que esos dos principios aparecen disfrazados con un lenguaje que se aleja de
los lugares comunes del racismo y el machismo convencional. Hay un espíritu de
renovación de ambas ideas por medio de la colonización de los marcos
discursivos y la retórica de la izquierda postmoderna al servicio de su radical
opuesto.
Pero para hablar de las ideas de
la Alt Right es necesario atender a una distinción que es fundamental y estratégica,
y es que, existen, a grandes rasgos, dos facciones en el movimiento que se
complementan a la par que se encuentran enfrentadas. La facción Radix, o Alt Right pura, que representa
a los racistas más convencidos y cuyo centro de preocupación es la raza; y, por
otra parte, la facción Breitbart con un perfil más mediático y mainstream, centrada en las luchas
culturales, especialmente un discurso de género a modo de machismo militante.
La distinción entre Alt Right
Radix y Alt Right Breitbart es
una diferenciación mía elaborada a partir de la constatación de que existe,
dentro del movimiento, una identidad diferente hacia la etiqueta Alt Right. Los
más radicales, con Spencer a la cabeza se referencian a sí mismos como Alt
Right a secas, mientras que los periodistas del periódico Breitbart no aceptan la etiqueta y
les ha llegado impuesta por la prensa rival. Tras varios meses ya se ha
popularizado llamarlos a todos Alt Right, pero los Radix no aceptan
que los Breitbart sean
parte del movimiento, pues los ven muy moderados, razón por la que Spencer los
llama también Alt Light.
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Richard
B. Spencer y la facción Radix o Alt Right pura
La revista Radix Journal es el principal
centro de referencia intelectual de la Alt Right. Está dirigido por su
fundador, el brillante y polémico Richard B. Spencer, quien se autodefinió
durante un tiempo en su cuenta de Twitter como el Karl Marx de la Alt Right. Radix se encuentra a su vez
vinculada al National Policy Institute (NPI), un think tank supremacista blanco, dirigido también por Spencer,
desde el que se dedica a la renovación ideológica del racismo como principal
objetivo.
Spencer es además el inventor del
término Alt-Right. Si bien
existe una polémica entre él y Paul Gottfried sobre la autoría del término,
todo parece indicar que la idea fue de Spencer en su época como editor en Taki’s magazine, con el artículo The conservative write: una crítica a la
burbuja intelectual de Nueva York, a los neoconservadores, y en donde se
anuncia el porvenir de una nueva derecha, a la que denomina “derecha
alternativa”. El concepto de Alt Right, tal y como explica Spencer en su
artículo The Napoleon of the current
year, publicado en Radix
journal, resultó de una contracción pegadiza que él realizó para hacer
más atractivo el término. Existe bastante consenso dentro de la Alt Right
acerca de la autoría de Spencer sobre la etiqueta, y el artículo citado con
anterioridad es posiblemente el manifiesto mejor logrado de la Alt Right, que
además explica la conexión del movimiento con el propio Trump.
Pero ¿qué significa Radix? Tal y como explica la revista
anteriormente aludida, radix es
una palabra latina que significa raíz, y es la base etimológica de la palabra race (raza en inglés), así como de
la palabra radical. Y aunque la revista reivindica el sentido original del
término radical (ir a la raíz de un asunto), la página sugiere la fusión de los
dos términos (raza y radical, o
racismo radical). Este juego de palabras en latín entre el radicalismo y la
raza define muy bien al propio Spencer. Nacido en Boston, en su niñez vivió en
un suburbio acomodado en la ciudad de Dallas (Texas) y fue vecino de George W.
Bush. Estudió un grado en literatura inglesa y música en la Universidad de
Virginia y un máster en humanidades en la universidad de Chicago, en la que
realizó una tesis de máster sobre la música de Richard Wagner en el pensamiento
del filósofo Theodor Adorno.
Este último punto es importante,
pues refleja un elemento que va a estar presente en toda la Alt Right, y en
especial entre los Radix.
Spencer elaboró su pensamiento, al igual que su involuntario maestro Peter
Gottfried, a partir de la lectura de las obras de los filósofos de la Escuela
de Frankfurt. Un grupo de marxistas heterodoxos alemanes, que en la segunda
mitad del siglo XX realizaron la gran crítica intelectual al nazismo y se
erigieron como el máximo referente de los jóvenes del 68 y la nueva izquierda.
Lo importante de este detalle es la estrategia que han utilizado los Radix. Han acudido a unos de los máximos
críticos de sus referentes políticos (el fascismo), que son a su vez los padres
intelectuales de sus enemigos directos (la nueva izquierda). Los filósofos
frankfurtianos eran, con diferencia, una de las fuentes más complicadas desde
donde generar una ideología neofascista, y sin embargo, el gran logro de gente
como Gottfried o como Spencer ha sido comprender la estructura del pensamiento
frankfurtiano para subvertirlo y ponerlo al servicio del pensamiento
reaccionario.
Algo parecido a lo que una parte
de la nueva izquierda hizo con el jurista y pensador filonazi Carl Schmitt,
solo que en la Alt Right alcanza hitos programáticos profundos.
Si a partir de la Escuela de
Frankfurt y la nueva izquierda se desarrolló un modelo de pensamiento que
transitó desde la identidad de clases a las identidades en plural (de raza,
género y sexualidad), Spencer y los Radix han
hecho de la identidad su gran bandera, metamorfoseando el supremacismo blanco
en una nueva idea a la que han llamado identitarianismo (la identidad de los
varones blancos supuestamente oprimidos en una sociedad que venera el
multiculturalismo y la feminización).
Este identitarianismo está
fuertemente influido por un pensamiento nietzscheano en el que la voluntad de
poder de los sujetos lleva a una colisión inevitable de las razas. Esto
recordará al lector a la teoría del darwinismo social de Herbert Spencer, el
padre del racismo ‘científico’ del siglo XIX.
La historia en ocasiones muestra
un particular sentido del humor al hacer coincidir en apellido al padre del
viejo racismo (pseudo) científico con el nuevo racismo, que se pretende
científico. Y si el racismo decimonónico se obsesionó con cuestiones como la
frenología y la categorización racial por el aspecto fisionómico, este nuevo
racismo también ha encontrado sus propios fetiches justificadores.
Estos nuevos racistas evitan
referirse a elementos fisionómicos a la hora de justificar sus ideas. El color
de la piel, las formas faciales o la estatura no serían para ellos algo
importante (aunque en un sentido profundo sea lo único que vean). Ellos alegan
que existen diferencias de inteligencia y culturales que hacen que para las
distintas razas sea imposible convivir, y que esto justifica la necesidad de
separarlas y crear Etno Estados, naciones racialmente homogéneas en donde no se
generen conflictos culturales.
Para justificar esta idea se
apoyan en estudios neurológicos y psicológicos de una corriente de psicólogos
que han popularizado los informes de coeficientes de inteligencias comparados
entre distintos grupos raciales en los Estados Unidos. Libros como Race Differences in Intelligence, de
Richard Lynn, o The Bell Curve, de
Richard J. Herrnstein y Charles Murray, han sido ampliamente utilizados para
justificar la existencia “comprobada” de diferencias de inteligencia entre
distintas razas. Se han hecho centenares de críticas a estos estudios que no
puedo resumir aquí. Todas ellas acaban coincidiendo en que estos estudios
utilizan una categoría de inteligencia muy convencional (lógico-matemática) y
que hacen un diagnóstico en clave racial para problemas que tienen un origen
socioeconómico, de acceso a recursos y deficiencias del sistema escolar público
norteamericano, en donde las minorías raciales son la parte más vulnerable.
Junto a esta explicación
‘psicológica’ de diferencia de inteligencias (presente también en el racismo
del siglo XIX), encontramos a su vez la idea de que las minorías raciales
tienen una cultura distinta a la de los blancos, que en los Estados Unidos
aparece como distintas subculturas que reivindican la diferenciación frente a
la asimilación en la cultura mayoritaria (y blanca). Esto provoca, según
Spencer y el resto de autores, que las minorías raciales no puedan/quieran
formar parte de la América genuina, lo que provoca grandes distorsiones en la
sociedad por los constantes conflictos entre mayorías y minorías, así como una
actitud por parte de las minorías raciales que las debilitan tanto a ellas como
al conjunto de la sociedad al instituir una cultura de la reparación. La idea
de que la sociedad tiene que indemnizar a las minorías raciales por la opresión
que han vivido, y bajo la que siguen encontrándose, y desagraviarlas mediante
políticas de discriminación positiva como compensación. Según Spencer, estas
políticas vuelven a los miembros de las minorías débiles, dependientes y
complacientes. “Parásitos” del resto de la sociedad, que como viven gracias a
las facilidades de las subvenciones, entran en un círculo vicioso de
dependencia hacia estas de las que no pueden salir, degradándose como
individuos y debilitando a la sociedad en su conjunto.
Y como esto es (a juicio de
Spencer) un problema estructural de todas las sociedades racialmente mixtas y
multiculturales, la única forma de acabar con ello es expulsando a todas las
personas racialmente distintas a los blancos de origen europeo del país,
generando un país racialmente homogéneo al que denomina Etno Estado.
Un elemento curioso de este
delirio racista es que Spencer evita referirse a los blancos como “blancos”
(para no sonar racista), y también evita usar el término “americanos”, de
manera que no queda del todo claro que sólo se refiera a los estadounidenses blancos.
Tanto él como otros miembros de la Alt Right hablan de “europeos” para
referirse a la América blanca. Por lo que no es raro encontrar reivindicaciones
bastante cómicas entre estos autores de “América para los europeos”, cuando lo
que en verdad quieren decir es “América para los blancos”.
Además de Spencer, entre los Radix se encuentran personajes tan
diversos como el viejo supremacista blanco Jared Taylor, el editor de la
revista Radix, Andrew
Joyce, o el gay “masculinista” (machista) Jake Donovan, máximo exponente del
tribalismo en la Alt Right. Hay muchos más nombres en la lista, y esta a su vez
está compuesta por una diversidad de personas demasiado distintas para poder
ser etiquetadas bajo el perfil Radix o Breitbart, por
lo que el lector debe entender esto como una primera aproximación más que como
una categorización exhaustiva
Steve
Bannon, Milo Yiannopoulos y la facción ‘Breitbart’ o ‘Alt Light’
Fue Spencer quien en una
entrevista concedida a Mother Jones habló
por primera vez de facciones. Se refería de esta manera tanto a sí mismo como a
todo el universo de periodistas y celebrities que
rodea al periódico digital Breitbart
News. Les llamó, “facción
Breitbart”, y fue entonces cuando consideré que si existía una facción Breitbart, debía así mismo existir
una facción Radix, aunque ellos
mismos se identifiquen como la Alt Right sin más adjetivos. En posteriores
entrevistas y artículos se ha referido a los Breitbart también como la Alt Light, para expresar la cercanía
de ideas de ambos grupos pero también para marcar la diferencia de enfoque e
intensidad con respecto a sus propuestas. Por todo ello, tanto él como el resto
de los Radix, muestran un
abierto desprecio hacia los Breitbart, en
especial hacia Milo Yiannopoulos.
Por otra parte, las principales
figuras cercanas al periódico Breitbart han
negado en alguna ocasión ser parte de la Alt Right, pero también es verdad que
en todos ellos la Alt Right aparece como un elemento atractivo, como un deseo
prohibido que es conveniente rechazar en público pero al que se adora en
privado. Todos han reflexionado sobre la Alt Right y la han defendido de los
ataques de la izquierda, y esto ha llevado al periodismo progresista
estadounidense a vincularlos con este movimiento. Entre los Breitbart se encuentran el
comediante Steven Crowder, el tertuliano Ben Shapiro o el escocés Gavin
McInnes, el hipster de la
Alt Right. Aunque las dos figuras que más han destacado de entre este
ecléctico y polémico grupo han sido dos elementos tan dispares como Milo
Yiannopoulos y Steve Bannon.
Lo característico de esta banda
es su fuerte carácter mediático y su tendencia al espectáculo, y una
sensibilidad especial a la irrelevancia de la verdad, y hacia la importancia de
saber crear un mensaje poderoso, una historia que cautive al público y llame su
atención. Entre ellos predomina el recurso a la irreverencia y al humor como
medio de presentar sus tesis más controvertidas. La ironía es un arma al
servicio de una guerra contra el pensamiento políticamente correcto, en donde
toda acción o declaración están justificadas y amparadas bajo el manto de una
ilimitada libertad de expresión.
Este recurso a la libertad les ha
llevado a definirse como libertarios conservadores (conservative libertarian, lo que podría traducirse también como
anarco-capitalistas conservadores). Los archienemigos de esta banda son el
movimiento feminista, al que acusan de sabotear la libertad de
pensamiento en los EE.UU., así como el Islam, cuya visión supuestamente
distinta de la sociedad les convertiría en una amenaza para la libertad en
occidente.
Según su visión, el feminismo
habría creado una inversión de papeles por el cual los varones se encontrarían
en la actualidad subyugados y sin posibilidad de liberarse, ya que ante
cualquier intento de revertir la situación son acusados de machistas. Por otra
parte, los Breitbart han
tomado el discurso neoconservador del politólogo Samuel P. Huntington de El choque de civilizaciones para
adoptar una visión xenófoba de la sociedad, donde lo importante (al contrario
de los Radix) no sería tanto la
raza, sino la cultura y la religión. De esta manera, los Breitbart señalan como una amenaza
para la libertad todo lo que no sea occidental y cristiano.
Quizás Milo Yiannopoulos sea el
ejemplo más exitoso de entre los Breitbart:
cuenta con medio millón de seguidores en YouTube, dos millones en Facebook, y
una cantidad superior en Twitter (hasta que su cuenta fue cancelada). Milo es
un griego emigrado en su niñez a Inglaterra, medio judío por parte de madre y
abiertamente gay. Ataviado con chaquetas de lentejuelas, collares de perlas, el
pelo teñido de colores fluorescentes y bolsos de alta gama dignos de Rita
Barberá. La “marica peligrosa” (“dangerous
faggot”, tal y como se hace llamar) lo tiene todo para ser la víctima
propicia de la Alt Right y, sin embargo, se ha convertido en su gurú y
estrella mediática. Es famoso por conceder entrevistas a medios y protagonizar
charlas en universidades con un tono provocador, irónico y cínico. Ha sido el
referente que mejor ha sabido captar y personificar el espíritu transgresor e
internauta de los orígenes de la Alt Right para transformarlo en un producto
televisivo.
Milo cuenta con grandes dotes
comunicativas: rapidez en la réplica, un lenguaje incisivo y claridad en los
mensajes. Si bien sus ideas no llegan al refinamiento de las de Spencer, es un
comunicador provocativo y de gran eficacia. Un maestro de un uso cínico de la
ironía como forma de tensar los límites del convencionalismo social y como
medio de extender el discurso del odio cuya existencia él niega. Su machismo roza
la patología, lo que le permite convertirse en un gay homófobo con sus ataques
a las lesbianas. Se trata de un racista no confeso, pues piensa que con
acostarse con gente de otras razas una persona deja de ser racista, lo que
equivale a la excusa estúpida que muchos homófobos enarbolan cuando, acusados
de homófobos, alegan tener amigos gays. Sin embargo, nadie debería minusvalorar
la potencialidad política de Milo, por muy extravagante que sea el personaje o
las muchas contradicciones que presente. Se trata de la quintaesencia de la
extrema derecha posmoderna, una persona capaz de convertir ideas controvertidas
en tendencia viral en las redes, una gran habilidad en el debate público y una
capacidad visionaria para reformular el lenguaje político en códigos de consumo
cultural de las nuevas generaciones.
El mejor ejemplo de esto es un
videoclip sobre la construcción del muro de México prometido por Donald Trump
al más puro estilo MTV. En él Milo, junto a dos jóvenes atléticos, comienza a
construir el muro de Trump, consiguiendo transmitir a los más jóvenes las ideas
del nuevo presidente como algo a la moda. Se trata de un ejemplo genuino de la
nueva propaganda política del siglo XXI de la que él es un experto.
Si bien Milo es la gran figura de
la facción Breitbart, su
discurso irreverente ha terminado por pasarle factura a pesar de su
popularidad. El maestro de la ironía ha acabado por ser víctima de su última
provocación. El hombre que había creado su seña de identidad en el discurso de
que existe una censura pública por parte del pensamiento políticamente correcto
de la izquierda, ha debido de quedar noqueado al comprobar que la Conservative
Political Action Conference, un think
tank conservador, le retiraba la invitación para hablar de su
autobiografía (un libro titulado Dangerous),
cuya publicación ha sido también rescindida por la editorial Simon &
Schuster. En el centro del escándalo están unas declaraciones en las que Milo
frivoliza sobre el problema de la pederastia, negando que la atracción sexual
hacia un niño de 13 años físicamente desarrollado sea pedofilia, y bromeando
sobre el abuso que sufrió por parte de un cura católico de niño. Estas
declaraciones se encontraban en un vídeo que él mismo había subido a internet
pero que había pasado inadvertido, y que fue aireado por un grupo, también
conservador, llamado The Reagan Batallion. La fuente del ataque es
significativa, pues este grupo está conectado a sectores tradicionales del
partido republicano que se opusieron a la candidatura de Trump durante las
primarias y las presidenciales, y que se han cobrado su primera cabeza en la Alt Right.
Por otra parte, muchos en la Alt Right, desde la facción Radix y grupos neonazis llevaban
tiempo pidiendo la cabeza de Milo. Spencer por considerar que con su estilo
frivolizaba la causa de la Alt Right, Anglin
por considerar que un gay medio judío no podía ser la principal cara mediática
de la Alt Right. En todo
caso este ajuste de cuentas dentro de la derecha se suma a la dimisión del
antiguo consejero de seguridad nacional de Trump Michael Flynn, mostrando que
las trayectorias de estos individuos son tan fulgurantes y breves como los
destellos de una tormenta. El golpe más duro para Milo ha venido de todas
formas desde su medio editorial, Breitbart
News, del que ha tenido que dimitir como editor senior. Dudo que esto suponga el
fin de su carrera, pues sigue amasando millones de seguidores en las redes con
un discurso con mucha demanda y que mucha gente quiere oír. Probablemente le
ocurra como a Jiménez Losantos cuando fue despedido de la COPE por sus demandas
judiciales y excesos verbales; será un gran batacazo en su carrera, pero
encontrará algún otro rincón oscuro desde el que extender su bilis. Este es en
todo caso otra de las muestras de ese extraño sentido del humor que gasta la
vida. Irónicamente, el rey de la ironía que denunciaba la censura social de la
izquierda acabó cayendo por un ejercicio de censura y sectarismo orquestado por
la derecha, hacia la que nunca tuvo una sola palabra crítica. Esto, querido
Milo, es la pura definición de lo que es la ironía.
Dentro del grupo Breitbart, Steve Bannon es el
referente más importante, porque sirve de nexo de unión entre estos y los Radix. Más abiertamente racista que la
mayoría de los Breitbart, pero
con la mentalidad comunicativa de su facción de origen. Se ha llegado a
comparar a sí mismo con Lenin por el deseo compartido por ambos de acabar con
el establishment y el
Estado. Quienes deseen un buen resumen biográfico y político de Bannon deberían
consultar este perfil de Álvaro Guzmán.
En el año 2012 se hizo con las
riendas de Breitbart News, un
periódico digital fundado por Andrew Breitbart dos años atrás, con el objetivo
de promocionar el sionismo en los Estados Unidos y defender las posiciones más
extremistas del Estado de Israel. Andrew Breitbart murió cinco años después de
fundar su periódico y Bannon viró la línea editorial, desde el sionismo al
supremacismo blanco y el discurso del choque de civilizaciones.
Su empeño editorial le llevó a
convertir el periódico en uno de los más importantes centros de referencia de
la América conservadora. Esta experiencia editorial, unida a su etapa como
productor de cine, le han otorgado una experiencia y visión en la comunicación
política que pocos consejeros en Washington demuestran poseer. La estrategia de
Bannon es doble y se demuestra en el aluvión de órdenes ejecutivas de las
primeras semanas de Trump, de las que Bannon es autor tanto en el texto como en
la estrategia comunicativa. La filosofía que subyace a esta iniciativa
legislativa extrema es la de llevar intencionalmente el aguante de la sociedad
al límite, con el fin de testar cuál es el grado de apoyo de sus
incondicionales y de sus críticos, así como para comprobar el grado de
movilización de los opositores, el nivel de aquiescencia y apoyo de los admiradores
y la tolerancia de los grupos neutrales y de las instituciones. De esta manera
se dibuja un umbral de reforma política sobre el que Bannon y Trump pueden
trabajar como un margen de acción política.
La estrategia, osada y exitosa,
no ha sido gratuita para el gobierno, pues les ha valido la cabeza de Michael
Flynn, el consejero de seguridad nacional, aunque en contrapartida ha revelado
que los servicios de inteligencia se encuentran enfrentados a la actual
administración y poco cooperativos a la hora de compartir su información, lo
que les sitúa al borde de cometer sedición. Esto ha llevado a Trump a la
inaudita decisión de conformar un equipo en la Casa Blanca que estudie la
relación del ejecutivo con los servicios de inteligencia y su posible reforma. Todo
esto hace prever que existe un campo abonado para un futuro conflicto del
ejecutivo con los servicios de inteligencia y el Pentágono, que hacen
sobrevolar con más fuerza la posibilidad de un impeachment contra Trump, si no acciones más agresivas por parte
de estas instituciones contra la administración.
Lo que parece claro es que Bannon
está amasando un poder que no veíamos en un consejero presidencial desde la
época Bush. Lo que está llevando a una división en el ejecutivo entre la
facción más ideológica de la Alt Right capitaneada por él, y los republicanos
institucionales de Reince Priebus. Tras la dimisión de Flynn, Breitbart News pidió la cabeza
de Priebus por haber detenido parte de las órdenes ejecutivas, lo que puede
convertirse en la antesala de una crisis de gobierno en donde los moderados
sean purgados y la Alt Right termine por tomar el poder. Más allá de que este
escenario se materialice, el enfrentamiento ha servido para demostrar que
Bannon sigue conservando el control de Breitbart
News, plataforma que utiliza como medio informal para condicionar de
manera decidida la dirección del gobierno, así como para generar relatos desde
los que influir en la opinión pública y mantener el contacto entre el gobierno
y sus bases más adeptas.
Con esto queda claro que aunque
la Alt Right se encuentre formalmente dividida en su élite dirigente y de
referencia, en la práctica todos estos grupos y personajes se complementan y
están conformando un movimiento de extrema derecha de proporciones desconocidas
en los últimos ochenta años. Un seguidor de la Alt Right medio tiende a
informarse por Breitbart News y
a través de los referentes más ligeros de la facción Breitbart. Los más ideologizados encuentran a su vez en los Radix un núcleo de pensamiento más
duro y elaborado desde el que desplegar su racismo, y Bannon les unifica a
todos como el hombre de Estado de la Alt Right.
Para todos ellos, Trump es un
primer ariete en la toma de las instituciones, pero todos tienen claro que su
porvenir se encuentra más allá de Trump y, tanto los intelectuales de Radix, como los showmans de Breitbart, y por supuesto Bannon desde la Casa Blanca
trabajan para que Trump sea sólo la primera piedra de un proyecto que tiene por
objetivo transformar la sociedad y no sólo tomar el poder.
La
influencia de la Alt Right en Europa y la construcción de una extrema derecha
global
El año 2017 puede convertirse en
el comienzo de un nuevo proyecto global de la extrema derecha, o en el techo de
cristal de sus aspiraciones. La Alt Right americana ha sido pionera en su
asalto al poder gracias a su vinculación a Trump, pero en marzo de este año
Wilders y el PVV tendrán su prueba de fuego en Holanda, la extrema derecha
alemana de la AfD puede asentar posiciones, y lo más importante, en Francia,
las elecciones presidenciales de abril y mayo pueden llevar al poder a
Marine Le Pen, quien tiene por primera vez la posibilidad real de conquistar la
presidencia francesa para FN.
Todos estos movimientos han
generado ya contactos formales con la presidencia Trump e informales con la Alt
Right. Las páginas Radix y Breitbart News son consultadas y
leídas por la extrema derecha europea, que encuentra en ellas ideas novedosas
para su discurso político. Los Radix, por
otra parte, tienen una larga relación con los intelectuales europeos de la Nouvelle Droite, de Alain de
Benoist, en cuyas ideas se basaron en buena parte para conformar su ideario.
Muchos de los miembros de los Breitbart, como
Milo o McInnes son de hecho europeos y han ayudado a tender puentes entre la
Inglaterra pro-Brexit y la Alt
Right.
Con estos elementos, podemos
atisbar el posible nacimiento de una extrema derecha global. Cada grupo con sus
particularismos, en su discurso de defensa de un Estado-nación fuerte, en
contra de la globalización, del Islam, y la izquierda cultural; en definitiva,
en su programa y empuje común por la construcción de Etno Estados vemos cómo se
conforma con paso decidido una nueva extrema derecha que aunque
antiglobalizadora, es producto y resultado de la globalización, y tiene un
fuerte contenido de globalización. Porque trasciende las particularidades de
los Estados para conformarse como un movimiento internacional. Son el viejo
topo del que hablaba Marx, esa corriente revolucionaria que avanza inadvertida
hasta que irrumpe en el panorama, sólo que este movimiento no es una
revolución, sino el rostro de un monstruo que aún nos elude, un movimiento para
el que el término fascista se nos queda pequeño y desactualizado.
¿Conquistarán la Alt Right y sus
homólogos europeos las corrientes políticas del año 2017; en el aniversario de
la revolución rusa, de la publicación de El Capital, de Marx, y de la reforma protestante? ¿O por el
contrario se desinflarán como tantas burbujas políticas que hemos visto
desfilar en un tiempo de crisis en donde nada termina por asentarse? El tiempo
contestará estas preguntas. El porvenir parece sonreír a la Alt Right, pero no
por ello la izquierda ha perdido la última palabra. El carácter profundamente
identitario del movimiento ofrece a la Alt Right la clave para crecer y
extenderse pero les resta a la hora de conformarse como alternativa de gobierno
al neoliberalismo.
A pesar de su discurso
proteccionista, la Alt Right no ha ocupado el espacio de una alternativa
económica y de gobernanza alternativa a la derecha neoliberal. Este espacio
sigue vacío y puede ser aprovechado por la izquierda para imponerse en el medio
plazo tanto al neoliberalismo en decadencia como a la Alt Right en ascenso. La
izquierda debe demostrar valor en su reformulación y abandonar su
identitarianismo para volcarse en la tarea de pensar una alternativa económica
y en las lógicas de gobierno. En resumen, debe retomar la idea de enarbolar un
programa de transición desde el capitalismo neoliberal a un horizonte de
emancipación para el cual aún necesitamos un nombre. Esta es la oportunidad que
se abre para la izquierda gracias a la renuncia de la Alt Right de conformarse
como una alternativa real al sistema económico en colapso de la economía
global. Todos estamos llamados a afrontar este desafío. De lo contrario,
allanaremos el camino para la Alt Right.
Marcos Reguera es investigador de la Universidad del País
Vasco.
AUTOR
Marcos
Reguera


















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