Viaje al pueblo
mexicano que inspiró la obra maestra de Rulfo
San Gabriel (Jalisco) 14
MAY 2017 - 16:06 CEST
Cactus
pitayeros de San Gabriel OSWALDO RAMÍREZ
Lupe
Mundo saca tres paladas de tierra, se detiene y aprieta su cara seca y arrugada
como una cáscara de nuez.
–Ahí abajito
está el difunto–dice el enterrador de San Gabriel.
No recuerda cuántos
años lleva limpiando tumbas ni cuál es el nombre del difunto. Un enterrador con
huecos en la memoria y con un apellido metafórico y redondo. Mundo podría ser
él mismo un personaje de Pedro Páramo, y ahí abajito podría transcurrir toda la
novela entera. San Gabriel, el pueblo donde Juan Rulfo vivió de niño, es el
escenario más parecido al pueblo imaginario de Comala, un purgatorio de almas
pobres, un pueblo donde hablaban los muertos.
Soy
algo que no le estorba a nadie. Ya ves, ni siquiera le robé el espacio a la
tierra. Me enterraron en tu misma sepultura y cupe muy bien en el hueco de tus
brazos.
A tres calles del
cementerio, María Soledad Ramírez Vizcaíno, una sobrina segunda de Rulfo,
recuerda en el patio de su casa lo que pensaba su abuelo Vicente sobre la
novela: “Me da gusto que Juan sea famoso. Pero siento que lo que escribía eran
puras mariguanadas, pues yo no entiendo lo que dice del pueblo”.
La perplejidad de
Vicente la resuelve el catedrático Alberto Vital en su biografía canónica: “La
ficción de Rulfo registra flujos subterráneos de México y San Gabriel
representa sinécdoques, partes que contienen los elementos más comunes del
conjunto”. Hay nombres, lugares y descripciones que coinciden con la tierra de
la que se marchó a los 10 años después de morir sus padres. La tierra a la que
volvería y volvería y en la que están ambientadas todas sus narraciones, pero
no de manera literal. El Jalisco de
sus novelas es una realidad decantada por la imaginación literaria.
La familia Pérez Rulfo
Vizcaíno eran unos hacendados importantes que vieron cómo la Revolución y la
guerra Cristera fueron devorando poco a poco sus vidas y sus propiedades. Hoy
en San Gabriel el rastro familiar del escritor se pierde más allá de la casa de
María Soledad.
“Cuando murieron los
papas, mi bisabuelo mandó a los hermanos a estudiar fuera del pueblo porque el
colegio de curas había cerrado por la revuelta. Mi tía Carmela no aguantó allí
encerrada y murió de tristeza”, dice la sobrina, sentada junto a una tina de
barro con una inscripción: San Gabriel 1873.
Para
el que va, sube; para el que viene, baja
Antes de morir, la
madre de Juan Preciado, el protagonista de la novela, había indicado a su hijo
que bajando por el puerto de Los Colimotes encontraría el pueblo de su padre.
¿Como
dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo? Comala, Señor
El puerto de Los
Colimotes es una de las entradas más antiguas a San Gabriel, un paso de ganado
y viajeros a pie o a caballo. Empinada, una vereda de tierra de metro y medio
con huellas de herradura deja a la izquierda la sierra madre Occidental y a la
derecha, el cerro viejo y el cerrito de la cruz. Debajo, se abre la puerta de
entrada al Llano Grande, el pueblo de San Gabriel.
Panorámica
de San Gabriel desde el cerrito de la Cruz OSWALDO RAMIREZ
A Juan Preciado, la
llanura le pareció una laguna
transparente deshecha en vapores. Es primavera y a media tarde el sol
todavía golpea a 30 grados en la boca del llano. El pueblo es blanco alrededor
de la iglesia y marrón como la tierra en las afueras. El camino está rodeado de
mezquites, cactus pitayeros y acacias: plantas con espinas.
“Siempre reconoce uno
el ombligo que Dios le dio”, dice Jaime Sedano, 68 años. Botas y bigote
ranchero, es uno de tantos vecinos que regresaron, en su caso, después de tres
décadas trabajando como zapatero en California. Porque los fantasmas de Rulfo
también son las ausencias de los migrantes mexicanos.
Sedano dice además ser
“de los pocos en el pueblo” que ha “leído y leído Pedro Páramo buscando qué
quiere decir”.
¿Ve
aquella loma que parece vejiga de puerco?
–Ese es el picudo
Pues
detrasito está la Media Luna.
–Esa es una cejita de
la sierra que parece una luna menguante.
El juego de analogías
entre la obra y el pueblo llega a su propio apellido. Fulgor Sedano es la mano
derecha y el administrador de la finca de Pedro Páramo, el cacique y el
patriarca de Comala. Todos éramos
hijos de Pedro Páramo
“Chaparrito y pelón,
pero con mucho carácter y con mucho dinero”. Así recuerda Jaime a su padre:
Lucio Sedano, que ahora tendría unos 100 años como Rulfo y que también fue el
administrador de una finca. “En el libro cambió nombres. Yo imagino que a mi
padre le puso Fulgor por la luz de Lucio”.
Lupe
Mundo, el enterrrador de San Gabriel OSWALDO RAMIREZ
Un
espantapájaros frente a las tierras de la Media Luna
La Media Luna es
entonces esa cejita del cerro y, trasformada en literatura, también es la
hacienda, los dominios –toda la tierra
que se puede abarcar con la mirada– de Pedro Páramo.
Montado en un jeep
gris, Luis Gabriel Ramos cruza el portón de madera de la hacienda de su
familia. “Era una de las más bonitas del pueblo”, dice sin bajar del coche.
Hace unos meses su hermano dejó entrar a unos hombres que estaban interesados
en comprarla. “Les dio quebrada y tumbaron todo. Arrancaron hasta las molduras
de las puertas porque pensaban que había dinero. Estaban bien locos, los
cabrones”. En los pasillos unas sillas de montar cuelgan de una cuerda. Entre
el corral y el patio para asolear el grano, sobre un muro de ladrillo, hay una
cruz de madera de mezquite, medio tumbada, como vencida por el sol y polvo.
Ramos ha intentado
enderezarla, pero su hermano le dijo:
–Así se queda hasta
que se acabe
–¿Cuanto lleva
abandonada esta hacienda?
–Desde que murió mi
padre ya nadie le ha metido mano
Desde
entonces la tierra se quedó baldía y como en ruinas.
Pero
pasaron años y años y él seguía vivo, siempre allí
Como
un espantapájaros frente a las tierras de la Media Luna
Me
mataron los murmullos
No hay consenso en San
Gabriel sobre la casa de Eduviges Dyada, la anciana que acoge a Juan Preciado
al llegar al pueblo y que llevaba una virgen colgada del pecho con el letrero: Refugio de pecadores.
El libro dice: andando
por la calle real, al cruzar una bocacalle, la casa que está junto al puente.
Pues no está claro a qué lado del puente. Los familiares del Rulfo sostienen
que es a la derecha, porque allí vivió una antigua tía del escritor. El
ayuntamiento, que organiza cada año un escueto recorrido rulfiano, asegura que
es a la izquierda, una actual tienda de artesanía que antes había sido un
hostal.
Si el ayuntamiento
tiene razón, en el cuarto vacío y sin puertas donde el protagonista pasa una
noche escuchando los lamentos de un ahorcado, ahora hay 57 cristos en miniatura
colgados en la pared.
Dos
vecinos de San Gabriel montando en bicicleta OSWALDO RAMIREZ
El cura Ireneo Monroy
escapó de San Gabriel en los años 30 y pero dejó escondida su biblioteca en la
casa de enfrente a la iglesia: la casa de la familia Rulfo. Allí, el niño
descubrió a Dumas, Víctor Hugo, Buffalo Bill. “Todo eso lo leí yo a los 10
años, me pasaba todo el día leyendo, no podía salir a la calle porque te podía
tocar un balazo. Yo oía muchos balazos. Después de algún combate entre los
federales y los cristeros había colgados en todos los postes”, reconoció muchos
años más tarde el propio escritor.
Del mismo color de la
iglesia, blanca y roja, con los ventanas enrejadas en negro y tres moños negros
colocados encima de cada una de las tres puertas, la casa no se abre desde que
murió su última propietaria. “Mi abuela –cuenta la sobrina del escritor– se la
vendió a la familia Ramírez Marcos, y al morir la madre dijo que no podía
entrar nadie hasta dos años después de su muerte”.
Al
cruzar la bocacalle vi una señora envuelta en un rebozo que desapareció como si
no existiera
Olivia Cruz Sepúlveda
tiene 42 años y aún recuerda cuando su abuela se ponía el rebozo para ir a la
misa de las 7 de la mañana, pero nunca ha visto que desapareciera ninguna
señora.
–Eso yo no lo he
visto. ¿Qué quiere, que me desmaye?
A Juan Preciado le
mataron los murmullos de Comala. Pueblo chico, infierno grande. En San Gabriel
hoy continúan los murmullos:
–Pues los pobres
trabajando y los ricos mirando
–En el seminario nos
besaban la mano, nos daban pollito
–Yo llevo una vida
bien perrona
–Huele a puerquito,
huele a puro dinero
–Estamos amolados,
estamos tristes
–Hubo mujeres bonitas
que se quedaron de cotorras esperando a su príncipe
–No quedó nadie, nos
comíamos los unos a los otro
–Mi tío se bañaba
desnudo en dinero, se aventaba monedas y billetes
–Estas es Carmela, la
que se murió de tristeza
¿Cómo
se va uno de aquí?
Al despertar, Juan
Preciado le preguntó a dos hermanos que dormían juntos cómo se salía de Comala.
La hermana le explicó que, como en San Gabriel, hay multitud de caminos: Uno va para Contla, o para Tolimán, otro que viene de allá, ese llega a
Ciudad Guzmán. Otro más que enfila
derecho a la sierra, el de Tonaya. Y
hay otro más, que atraviesa toda la tierra y es el que va más lejos. Hasta
el mar.
Ni Juan Preciado ni
nadie puede sin embargo salir de Comala porque no existe. En Comala no vive
nadie y vivimos todos. Comala es un mito.
Mural
de Juan Rulfo en San Gabriel OSWALDO RAMIREZ
En el mapa simbólico
de la novela, la elección del nombre también está imantada de significados.
Comala puede asociarse a comal: “el lugar del comal”, unas planchas de barro
cocido muy populares en la cocina tradicional mexicana. Los comales se ponen
encima del fuego, alcanzan altísimas temperaturas y allí se tuestan las
quesadillas o las gorditas. Los comales son circulares, como el tiempo del
mito; y contienen fuego, como los volcanes. San Gabriel es una llanura rodeada
de cuatro pequeños volcanes.
Hay un Comala
geográficamente real, en el Estado vecino de Colima, a una hora y media en
coche de San Gabriel. Es un pueblo blanco con palmeras, naranjos y una brisa
húmeda por la cercanía de la costa. Rulfo quizá conoció el pueblo pero solo
tomó el nombre para rellenarlo después a su medida.
San Gabriel es lo más
parecido a Comala porque además su nombre ha sido flotante. Durante 60 años, se
llamó Venustiano Carranza, en honor a uno de los próceres de la Revolución.
Volvió a ser San Gabriel en 1993. Rulfo no llegó a ver la recuperación
semántica. Él mismo decía:
–Soy de un pueblito
que hasta el nombre ha perdido





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