La atención a los
menores hasta los 36 meses marcará su desarrollo físico y cognitivo. Un
programa en Perú apoya en esta etapa a las comunidades con menos recursos
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Dueñas le da de comer a su hijo en el rincón de juegos que tiene en su casa en
Lucre (Quispicanchi, Cuzco, Perú). PABLO LINDE
Cuzco 20
JUL 2017 - 00:26 CEST
Nacer en un hogar rico
o pobre marca la vida incluso en aspectos que, aparentemente, nada tienen que
ver con el dinero. A menudo, los niños con menos recursos desarrollan peor y
más tarde la motricidad y el lenguaje, según
varios estudios. Detrás de esto parece estar, entre otras variantes, una
que sale gratis: el juego y la comunicación con sus padres en los 36 primeros
meses de vida.
Los
tres primeros años son una etapa crucial en la vida de una persona. Cómo
se alimente, se vacune y qué estímulos reciba un niño en esa etapa puede marcar
el desarrollo físico y cognitivo del resto de su existencia. En Perú han puesto
en marcha un programa pionero para que quienes han nacido en las zonas más
rurales y pobres no pierdan oportunidades.
Se llama Cuna Más, lleva tres años
en marcha y se basa en dos pilares: centros de día, que funcionan como
guarderías para las familias de menos recursos, y visitas domiciliarias de
personas de su propia comunidad que han sido formadas para mostrarles cuáles
son las mejores interacciones con sus bebés.
Francisca Quispe, una
de estas facilitadoras, acude cada semana a la casa de Lidia Dueñas, un hogar
humilde construido con ladrillos de adobe en el distrito de Lucre, provincia de
Quispicanchi, a 45 minutos de la turística ciudad de Cuzco. En el patio de
suelos terrosos hay un colorido espacio de juego para José Orlando que, con un
año y medio, es el pequeño de la familia.
Al llegar, saluda en
quechua, el idioma materno de la mayoría de las comunidades de esta zona, se
lavan las manos y empieza el juego, que se basa en una constante comunicación
oral con el niño mientras manipula objetos, come, gatea y ríe con las canciones
que le cantan. Su madre, vestida con la ropa que reserva para las fiestas y las
visitas, explica que Francisca le ha enseñado que tiene que dedicar más tiempo
a su hijo, hablarle más y que, gracias a eso, “está progresando más rápido que
los otros dos”. Confiesa que a los mayores, de 10 y cuatro años, no les
prestaba tanta atención ni les preparó el área de juegos donde cada día pasa un
buen rato con José Orlando. “Estoy aprendiendo cómo debo tratar a mi hijito”,
resume esta mujer de 33 años, que se encarga de la casa mientras su marido va a
trabajar al campo, la principal actividad económica de la provincia.
Los progresos de su bebé
no es solo una percepción de Dueñas. Hace unas semanas, la primera evaluación
de impacto del programa mostró sus resultados mediante pruebas específicas y
encuestas. Con una muestra aleatorizada de familias beneficiarias del programa
y otras en la misma situación socioeconómica a las que no llegó, se mostró que
los hijos de las primeras superaban en desarrollo cognitivo y de lenguaje a las
segundas. También hay un mayor porcentaje de matriculación en preescolar al
cumplir los tres años entre quienes estuvieron apoyados por Cuna Más: el 59,2%
en el caso los niños de los distritos de tratamiento frente al 50,7% de los
otros.
“Además de ese impacto
podemos ver que en los hogares se les ofrece más actividades, más juguetes y
libros y las familias reportan menos prácticas de disciplina violenta, más
positiva, diálogo, explicaciones y premios por buenos comportamientos para los
pequeños”, explica María Caridad Araújo, economista líder en la División de Protección Social y Salud del Banco Interamericano
de Desarrollo (BID), que ha venido acompañando e impulsando este
programa con asesoramiento técnico desde su inicio. Ahora está atendiendo la
solicitud de numerosos países que se interesan por un programa que, según sus
palabras, “nunca se había experimentado a una escala similar en el mundo”.
Cuna Más también está
siendo utilizada para luchar contra uno de los grandes problemas que tiene la
infancia del país: la anemia. Un
44% de los menores de tres años la padecen, lo que contribuye
sustancialmente al retraso en el desarrollo físico y cognitivo. Es una
enfermedad silenciosa que los padres no captan, que es compatible incluso con
el sobrepeso de los pequeños, que tienden a sufrir una dieta desequilibrada con
enormes cantidades de carbohidratos (papa, maíz, yuca).
Cuando Francisca entra
por primera vez a la casa de una de las diez familias a las que atiende, una de
sus labores es hacer pedagogía sobre lo que debe ser una alimentación
equilibrada para los niños, así como aportarles chispitas, unos pequeños sobres
con micronutrientes que complementan los déficits más usuales en las zonas
donde funciona el programa.
Igual hacen en los
centros de día. Las cuidadoras voluntarias disuelven estos polvitos en las
primeras cucharadas de comida de los pequeños. Esta segunda pata del programa
no solo es un apoyo para la infancia, sino también para la inserción laboral de
las mujeres, que en estos entornos son a menudo reacias a dejar a sus pequeños
con desconocidos. “Yo no dejaría a mi hija en una guardería, no la van a cuidar
igual y se va a enfermar”, responde María Elena Valencia, otra de las madres
—los padres a veces también participan, pero en mucha menor medida— que recibe
asistencia domiciliaria en Lucre.
Para luchar contra
estos prejuicios, las cuidadoras de las guarderías de Cuna Más son madres de
otros niños que también están allí, voluntarias que reciben un pequeño
estipendio como recompensa por su labor. En los centros, la filosofía es la
misma que las facilitadoras aplican en las casas, potenciar el juego y la
conversación para que, junto a una alimentación equilibrada, los niños con
menos recursos de Perú no tengan todavía más desventajas que las que supone la falta de dinero.



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