LA BOCA DEL LOGO
2 DE AGOSTO DE 2017
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¿De qué se ocupa
propiamente el periodismo cultural? ¿Alguien lo sabe? ¿Lo saben los propios
periodistas culturales? ¿Lo saben sus jefes de redacción, el director del
diario o de la revista en cuestión? ¿Se atreve alguien a definir o al menos a
acotar el concepto mismo de cultura que el periodismo maneja? Parece evidente
que no, y ello explica en buena medida el despelote que tan frecuentemente cabe
observar en las llamadas “páginas culturales”.
La cosa empieza con la
indefinición misma del título que, en los distintos medios, se asigna a la
sección en que se trata de la cultura, asociada muchas veces a otros conceptos
presuntamente afines: “Cultura y ocio”, “Cultura y espectáculos”; o camuflada
con etiquetas elásticas, como “Culturas” (así, en plural) o “I-cult”
(cualquiera cosa que se quiera entender por ello). Es como si el término cultura, por sí solo, no bastara, o
resultara incómodo. Lo mismo ocurre, en el plano político, con los nombres de
los ministerios dedicados a la cultura, que rara vez se limitan a ella. Ahora
mismo, en España, lo que tenemos es un Ministerio de Educación, Cultura y
Deporte, todo junto y a la vez, para no tener que dar demasiadas explicaciones.
Es noticia cultural el
estreno de un espectáculo de danza, la concesión del premio Cervantes o la
inauguración de una bienal de arte, pero también el divorcio de un actor, la
querella entre los herederos de un escritor, la exhumación del cadáver de Dalí
para atender la reclamación de una supuesta hija del pintor, un desfile de
moda, el accidente sufrido por un acróbata, la polémica alrededor de unos
festejos populares, el descubrimiento de un galeón hundido en las costas de
Málaga, el anecdotario del rodaje de un episodio de Juego de tronos en Córdoba o la participación de Ferran Adrià
en un coloquio internacional sobre gastronomía.
Todo cabe en ese gran
cajón de sastre que es la cultura concebida con un criterio prácticamente
antropológico, el mismo, en definitiva, que justifica que se exhiba en las
vitrinas de un museo de arte una punta de flecha tallada por un neandertal hace
veinte mil años.
Hasta aquí, nada que
objetar, como no sea el tratamiento que de cualquiera de estos asuntos suele hacer
el periodista cultural en cuestión, a quien la indefinición de su propio ámbito
de actuación convierte en poco menos que en un Midas con el poder mágico de
convertir en cultura todo lo que toca.
Dado que el objeto de
que se ocupa es impreciso e inconsútil, el periodismo cultural queda exento de
los imperativos deontológicos –es decir, de los deberes éticos y metodológicos–
que pesan sobre sus compañeros de profesión. En realidad, más que informar, el
periodista cultural forma la
noticia de la que se ocupa. De hecho, él escoge el objeto de su atención, con
un margen de libertad desconocido para el resto de sus compañeros. Editores,
galeristas, directores de festivales, cocineros, arquitectos, distribuidores,
fabricantes de ropa, concejales, agentes...: todos –ya sea en persona, ya a
través de sus respectivos “departamentos de promoción”– imploran a la puerta
del periodista cultural para que los convierta, a ellos o a sus productos, en
“noticia”.
No es de extrañar, así,
que el periodista cultural, en muy mayor grado que ningún otro, se comporte
cada vez más como un traficante infatuado de su propio poder, a medio camino
entre el influencer y el
portero de discoteca; que trufe cada vez más sus “informaciones” con juicios de
opinión (¿para qué diablos necesitamos a los críticos?); que las redacte con un
lenguaje cada vez más lleno de florituras y de cursilería (titulares del estilo
“París se rinde a la poesía de Bill Viola”, o “El particular universo de Bill
Viola inunda Bilbao”, y cosas así).
Si a eso sumamos la
necesidad cada vez más apremiante de atraer la atención a cualquier precio, así
sea cultivando el morbo y las más bajas pasiones de los lectores, si es preciso
saltándose todo límite impuesto por la decencia, se comprenderá que en las
páginas culturales suela encontrarse, en cantidad creciente, basura de toda
especie. Tanto más en cuanto se considera de mal gusto, y como un rasgo
sospechosamente elitista, pretender cualquier tipo de distinción entre alta y
baja cultura, o entre cultura de masas y cultura popular. ¿O no es el público
el que tiene la palabra?
¿Quién es el arrogante
dispuesto a sostener que toda esa basura no es cultura? Ya lo dijo Nicanor
Parra en un impagable artefacto titulado “Best seller”:
La KK se come.
Tanta mosca no puede
estar equivocada
AUTOR
Ignacio Echevarría es
editor, crítico literario y articulista.

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