El violento acoso de hacendados
blancos está expulsando a esta tribu brasileña del territorio de sus ancestros
Viana (Maranhão) 13 MAY 2017
- 01:43 CEST
Un grupo
de indios de la etnia gamela se reúnen en la aldea Cajueiro Piraí, en Viana. VICTOR
MORIYAMA
El domingo 30 de abril, a las
cuatro de la tarde, estalló la guerra en Viana, a 200 kilómetros de la capital
del Estado de Maranhão, al noreste de Brasil. Los indios gamela la estaban
esperando. Ese día, 30 de ellos ocuparon una finca de unas 22 hectáreas. Esa
extensión, como otras, pertenecía a sus antepasados, argumentaban, y no a los
agricultores que poseen ahora las tierras y los animales de las granjas. En
cuanto llegaron los agricultores, comenzó la batalla. Losindígenas aseguran
que solo tenían flechas. Los granjeros, escopetas y rifles. Se contaron decenas
de heridos, muchos de ellos de bala. Cuatro siguen en el hospital. Dos
indígenas acabaron con las manos casi arrancadas a navajazos.
Estos
detalles sacudieron al resto de Brasil. No necesariamente por lo violento
(que también, pero la sensibilidad brasileña está ya un poco más encallecida
que la española), sino porque era un recordatorio de un mal endémico en la
primera potencia latinoamericana.
En las calles de Viana, un
municipio pobre de 50.000 habitantes donde unos pocos coches se disputan el
paso por el suelo de arena con los burros sueltos, nadie olvida lo que vio
aquel día. Tampoco les sorprende mucho. Los gamela comenzaron a finales de 2015
a ocupar las tierras de la zona y ahora cuentan ya ocho terrenos donde antes
había no-indios. Era cuestión de tiempo que alguien intentase pararles los pies
con violencia. Con lo que no contaban es que fuera así. "Aquello no fue un
encontronazo, fue una masacre", alerta Francisco Gamela, de 60 años, uno
de los líderes de los indígenas. En eso también coinciden en el otro bando.
Maragerete de Jesus cuenta que su marido, Domingos Gomes Rabelo, está aún en el
hospital tras la paliza que recibió. "Él fue a negociar, porque conoce a
alguno de los que se dicen indios y fue atacado", recuerda. "Le
cogieron y le dieron con una pala en la cabeza. Recibió disparos en las manos y
en las piernas. Mi hijo intentó ayudar y también fue agredido. Después hicieron
lo mismo con mi hermano y mi marido".
Aquí aún quedan 896.000
indígenas, según contó en 2013 el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística, en una
población de 200 millones, pero las políticas a su favor están en su punto más
débil. En Brasilia, los parlamentarios que representan el negocio de la
agricultura (los ruralistas) intentan evitar que las tierras más fértiles sean
declaradas como patrimonio indígena. No es que sea nada es nuevo: lo es el
desinterés del actual Gobierno de Michel Temer, que parece haber
renovado las fuerzas de los ruralistas. Por ejemplo, el Ejecutivo remoloneó
durante siete meses para nombrar a un director de la Fundación Nacional del
Indio (Funai), el órgano de gobierno responsable del cuidado de los indios
brasileños y de la demarcación de sus tierras. Lo hizo en enero de este año.
Hace pocas semanas lo despidió porque no se entendía con los parlamentarios.
Solo estuvo cuatro meses en el cargo. "Los ruralistas han asumido el
control de la cuestión indígena brasileña", bufó aquel día.
Indios gamela, en la aldea de Cajueiro Piral,
en Viana. VICTOR MORIYAMA
"La Funai está rota. Ya
murió, nuestra madre. La mataron ellos. Solo queda el nombre", alerta Davi
Kopenawa, el representante de los yanomami, que hace poco denunció ante la ONU
la situación de los suyos. También recuerda que la fundación lleva tiempo
sufriendo recortes en su presupuesto, resultado de la nueva política de austeridad
con la que Temer pretende sacar al país de la crisis. En los últimos años se
han reducido 347 cargos y 50 sedes locales de la fundación. "Llevaba
tiempo abandonada. En la época de Dilma [Rousseff, la presidenta entre
2010 y 2016, cuando fue destituida y reemplazada por Temer] tampoco tenía
mucho apoyo. Pero ahora está peor. Quieren que la salud indígena sea una
cuestión de los municipios. Pero los municipios no van a salvar a mi
pueblo".
Doscientos ataúdes
Pero aunque el Gobierno no dé
señales de notarlo, estas tensiones se están trasladando a la calle. El 27 de
abril, solo días antes de la matanza de Viana, miles de indios se plantaron en
Brasilia con 200 ataúdes, que representaban a los líderes del movimiento que
han muerto, en diferentes trifulcas, en los últimos años. La idea era tirarlos
en una fuente de agua que hay ante el Congreso (este, a su vez, se encontraba
aprobando la reforma laboral que iba a empobrecer más a los más desfavorecidos
del país). Fueron recibidos con gas lacrimógeno y espray pimienta.
Los gamela son solo 1.185, según
la Funai (frente a 5.000 hacenderos), pero su problema es el de todos. Y las
calles de arena de Viana son solo un reflejo más de esta tensión. Muchos no
entienden ni por qué tienen que ser ciudadanos de segunda, ni por qué su
identidad es algo de lo que huir, ni cómo se puede separar la lucha por su
identidad de la lucha por su tierra. "La tierra, para nosotros, no es algo
que se venda", explica Jadenir Trinidade Gamela, uno de los principales
líderes de la tribu. "Es nuestra cultura. En el río Piraí, aquí al lado,
está la casa de nuestros seres espirituales. Como se nos apartó de ese río,
hemos perdido la posibilidad de mantener nuestro modo de vida, nuestra
religión. Las nuevas generaciones ya no saben ni dónde están los espíritus en
el río porque los mayores no tienen cómo mostrárselo".
Sus vecinos blancos, que están
organizados con los ruralistas para recuperar las tierras que consideran que
los indios han robado, aseguran no entender esa motivación. Marilene Lindozo
Cutrium, de 58 años, reflexiona: "He vivido aquí mi vida entera. Nací y me
crié aquí y nunca he visto una historia parecida con los indios. Eran nuestros
vecinos, trabajaban con nosotros, estudiaban con nuestros hijos. ¿Y ahora
resulta que puedo perder mi casa?". No muy lejos, Gilverson Sousa, un
pescador de 27 años, explica entre dientes: "Solo quieren volver a lo que
era antes pero la sociedad está cambiando". Hablan de la pequeña y pobre
Viana. Pero perfectamente podrían estar hablando del enorme Brasil.


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